Campo Sid

Campo de refugiados de Sid. Carles Latorre.

El campo de refugiados de Sid es el último antes de entrar en la Unión Europea. Los que llegan allí ya han pasado por la parte más dura del camino. Es el último paso. Sin embargo, hace menos de un mes, los países balcánicos (Macedonia, Serbia, Croacia y Eslovenia) limitaron el número de trenes para trasladar a refugiados a uno a diario y a 500 personas al día. Esto significa que el número de refugiados que hay en cada campo sólo puede seguir aumentando. A esto se suma el tratado que firmó la Unión Europea con Turquía en el que acordaba el intercambio de inmigrantes regulares por refugiados. Esto significa que los refugiados serían devueltos a Turquía (que por cada uno de ellos se acogería a un inmigrante con papeles) y que ningún refugiado más podrá pasar a territorio de la Unión Europea.

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Campo de refugiados en Sid. Alberto GarcAi??a.

Turquía y la Unión Europea firmaron el pasado domingo el ya denominado “tratado de la vergüenza” por el que ambos gobiernos se comprometen a cerrar fronteras y devolver a los exiliados a tierras turcas. El tratado ha sido tildado como “una violación de los derechos humanos” por parte de la ONU. Sin embargo, las deportaciones parecen no entender de legalidad ni de derechos humanos.

Leire Ordoyo

La mayoría de refugiados consiguen llegar a Serbia atravesando campos de maíz. Su última parada antes de llegar a la frontera entre Serbia y Croacia fue Bulgaria. La zona situada entre los dos países se considera el punto más álgido de la “ruta de los Balcanes”. Sid se convirtió hace tiempo en una concurrida zona de paso para los refugiados que llegaban a territorio Serbio. Se habilitó como campo un antiguo motel en la frontera entre Serbia y Croacia, donde se han dispuesto algunas literas triples “recuerdan a los campos de concentración nazi, pero es la única manera de resolver la situación”, dice una fuente del Comité para los Refugiados y Migrantes de Serbia. Aunque ambos gobiernos han prohibido la entrada de refugiados en sus países, las autoridades lo pasan por alto. El campo fue pensado en principio como un lugar de tránsito para los refugiados provenientes de Siria, Iraq o Afganistán, pero ha acabado por convertirse en un lugar de estancia indefinida para muchos de los que pasan por ahí.

Es el caso de Eshan, un ingeniero afgano que lleva cuarenta días en Sid y que admite “haber perdido toda la esperanza”. Como Eshan, la inmensa mayoría aspiran a llegar Croacia para alcanzar sus destinos: Alemania, Suiza o Bélgica. Sin embargo, tanto Eshan como el resto de exiliados se encuentran bloqueados en Sid. Su retención indefinida se debe a que la mayor parte de ellos posee un sello turco en su pasaporte y esto acaba por convertirse en una traba para continuar con su travesía, ya que las autoridades croatas no les permiten cruzar la frontera bajo esas condiciones. Como él, cientos de personas se encuentran retenidas en las nuevas cárceles, nacidas por la necesidad de aunar a los otros. Aquellos que huyen de un inferno sin fin, que encuentran en Europa una vía de escape. A los que Europa este domingo les cerró la puerta. Europa tiene amnesia. Olvidó que ella también fue refugiada.

A finales del mes de febrero, los países Balcánicos decidieron limitar el tránsito de personas y medios de transporte (trenes y autobuses). A esto hay que sumarle la nueva estrategia adoptada por el país. Serbia no admite el paso a los campos a ciertas organizaciones: “en los campos de refugiados que coordina el Gobierno serbio sólo quieren a organizaciones que den comida y ropa. A nosotros nos deniegan el acceso sistemáticamente”, denuncia Mirko Medenica, abogado y activista de la asociación serbia Mujeres de Negro. El plan gubernamental de “fronteras abiertas” se convierte en una estratagema para evitar que los refugiados pidan asilo político en Serbia.

 

 

Todos los días vemos el sufrimiento por la televisión. Personas que cruzan el mediterráneo; migrantes que se agolpan y amontonan en las fronteras; refugiados expulsados a Turquía, donde saben que serán devueltos a la guerra. Sí, somos testigos de la barbarie y el cinismo de nuestro tiempo, pero al rato se nos olvida.

Texto y fotografía: Alberto García

La semana pasada salí de Sarajevo rumbo a Vukovar, ciudad croata que linda con la frontera de Serbia y visité el campamento de Sid. El refugio está justo en frente de la estación de tren debido a que una gran mayoría de refugiados que intentan alcanzar Centroeuropa y son rechazados por Croacia no tienen más remedio que quedarse allí. Al llegar lo primero que me impresionó fueron los cuervos. Montones de cuervos negros sobrevolando el campamento y graznando, como si te estuviesen dando la bienvenida a la casa de la desgracia. Era un mal augurio.

 

A la entrada, algunos de los refugiados se encontraban charlando entre ellos y fumando. Según avanzábamos veíamos niños jugando al futbol, correteando con perros a su alrededor. Por primera vez podíamos observar sus rostros fuera de la pantalla y era instantáneo; su angustia, su miedo, podías verlo reflejado en sus ojos, ojos en los que ya no se atisbaba esperanza alguna.

 

Un chico, Ehsan, ejercía de traductor para todo el grupo de afganos al que nos acercamos a hablar. Nos trasladó todas las situaciones que habían tenido que pasar para acabar en este campo de chabolas hasta que salió el tema del atentado de Bruselas. Contó como a diario veían cuerpos descuartizados por las calles, sangre y miseria mientras los sabuesos llevaban trozos de lo que antes era una persona entre los dientes. Siempre con la banda sonora de las explosiones de fondo.

 

Es en ese momento cuando comprendes que nadie en su sano juicio pondría alguna excusa para dar la espalda a los que viven a diario el terrorismo que hemos visto hace tres días en Bélgica y hace unos meses en París. Esta gente no son cifras sin rostro, sin historia, sin familia ni sentimientos a los que podemos vender junto a unos sucios millones de euros que sabemos que no se van a destinar para alojar dignamente a los refugiados y en un país en el que no se respetan los derechos humanos.

 

“Hemos perdido toda esperanza”. Esa es la última frase de un estudiante de ingeniería de 21 años que ve como se oxidan las vallas que rodean el campo antes que divisar un futuro digno para él y los suyos. Pero la gente que va a leer esto está en su salón, arropados por la el calor de sus hogares y la tranquilidad de sus vidas, y 5 minutos habrán bastado para olvidarse de los que ya carecen de toda esperanza.