Todos los días vemos el sufrimiento por la televisión. Personas que cruzan el mediterráneo; migrantes que se agolpan y amontonan en las fronteras; refugiados expulsados a Turquía, donde saben que serán devueltos a la guerra. Sí, somos testigos de la barbarie y el cinismo de nuestro tiempo, pero al rato se nos olvida.

Texto y fotografía: Alberto García

La semana pasada salí de Sarajevo rumbo a Vukovar, ciudad croata que linda con la frontera de Serbia y visité el campamento de Sid. El refugio está justo en frente de la estación de tren debido a que una gran mayoría de refugiados que intentan alcanzar Centroeuropa y son rechazados por Croacia no tienen más remedio que quedarse allí. Al llegar lo primero que me impresionó fueron los cuervos. Montones de cuervos negros sobrevolando el campamento y graznando, como si te estuviesen dando la bienvenida a la casa de la desgracia. Era un mal augurio.

 

A la entrada, algunos de los refugiados se encontraban charlando entre ellos y fumando. Según avanzábamos veíamos niños jugando al futbol, correteando con perros a su alrededor. Por primera vez podíamos observar sus rostros fuera de la pantalla y era instantáneo; su angustia, su miedo, podías verlo reflejado en sus ojos, ojos en los que ya no se atisbaba esperanza alguna.

 

Un chico, Ehsan, ejercía de traductor para todo el grupo de afganos al que nos acercamos a hablar. Nos trasladó todas las situaciones que habían tenido que pasar para acabar en este campo de chabolas hasta que salió el tema del atentado de Bruselas. Contó como a diario veían cuerpos descuartizados por las calles, sangre y miseria mientras los sabuesos llevaban trozos de lo que antes era una persona entre los dientes. Siempre con la banda sonora de las explosiones de fondo.

 

Es en ese momento cuando comprendes que nadie en su sano juicio pondría alguna excusa para dar la espalda a los que viven a diario el terrorismo que hemos visto hace tres días en Bélgica y hace unos meses en París. Esta gente no son cifras sin rostro, sin historia, sin familia ni sentimientos a los que podemos vender junto a unos sucios millones de euros que sabemos que no se van a destinar para alojar dignamente a los refugiados y en un país en el que no se respetan los derechos humanos.

 

“Hemos perdido toda esperanza”. Esa es la última frase de un estudiante de ingeniería de 21 años que ve como se oxidan las vallas que rodean el campo antes que divisar un futuro digno para él y los suyos. Pero la gente que va a leer esto está en su salón, arropados por la el calor de sus hogares y la tranquilidad de sus vidas, y 5 minutos habrán bastado para olvidarse de los que ya carecen de toda esperanza.

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