Campo Sid

Campo de refugiados de Sid. Carles Latorre.

El campo de refugiados de Sid es el último antes de entrar en la Unión Europea. Los que llegan allí ya han pasado por la parte más dura del camino. Es el último paso. Sin embargo, hace menos de un mes, los países balcánicos (Macedonia, Serbia, Croacia y Eslovenia) limitaron el número de trenes para trasladar a refugiados a uno a diario y a 500 personas al día. Esto significa que el número de refugiados que hay en cada campo sólo puede seguir aumentando. A esto se suma el tratado que firmó la Unión Europea con Turquía en el que acordaba el intercambio de inmigrantes regulares por refugiados. Esto significa que los refugiados serían devueltos a Turquía (que por cada uno de ellos se acogería a un inmigrante con papeles) y que ningún refugiado más podrá pasar a territorio de la Unión Europea.

Nerea Sánchez

Un grupo de chicos cuenta que llevan cuarenta días estancados en Serbia. Explican que su situación es confusa, no saben cuándo van a poder seguir con su viaje. Ehsan, un joven afgano de 20 años, fue quien hizo de traductor. Habla inglés de forma fluida y estudiaba ingeniería. Según Ehsan, “en Grecia todo el mundo dice que quiere ir a Alemania porque si no, no te dejar pasar” pero no cree que muchos quieran realmente ese destino. “Tenemos reuniones todos los días, pero nunca se resuelve nada, no sabemos nada”, prosigue. Alemania se ha convertido en una meta intermedia para intentar moverse desde allí a otros lugares.

Europa ha hablado de acoger a refugiados, pero pocos son los países que lo están llevando a cabo de forma efectiva. En España solo 18 de los 16.000 acordados son los que han corrido esa suerte. Se encuentran que los países europeos están comportándose de forma “políticamente correcta” ante esta situación. Las palabras no se han transformado en hechos, se han quedado en promesas.

Cuando hablan del atentado de Bruselas de este martes se encojen de hombros, entienden que Europa esté asustada, pero añaden que “eso en nuestro país pasa todos los días”, “los refugiados no son los terroristas, aquí somos todos buena gente”. Sus historias son escalofriantes y explícitas sobre sus vivencias. Al desearles buena suerte replican: “suerte sería poder volver a Afganistán […] se nos ha acabado la esperanza”. En Sid hay padres con sus hijos, todavía muy pequeños como para articular palabra. Por suerte, ellos no entenderán bien dónde están ni por qué. Hay otros, no tan niños, que han intentado hablar con nosotros, aunque la comunicación ha sido con gestos porque no sabían inglés. Tenían unos diez años de media. Son iraquíes, como la mayoría en este campo.

Después de hablar con todas estas personas, entre líneas se lee que Europa abre los brazos (o más bien abrió solo las bocas con promesas), pero no las fronteras. No debería ser un delito huir de una guerra. El proceso de acogida debería agilizarse, aunque desde España, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, ha asegurado que se está trabajando “intensamente” para que los refugiados tengan garantizada no sólo la acogida sino la “integración a medio y largo plazo que merecen en nuestro país”. El futuro de los refugiados es confuso. No se sabe realmente si se acogerán más y si podrán llegar; aunque en el caso de que lo consiguieran, serían devueltos a Turquía.

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